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Cuando El Principito se hizo ejecutivo: la felicidad en el trabajo no es cuento

Cuando El Principito se hizo ejecutivo

- EFE

EFE

Recuperar la inocencia

En una época de crisis, de falta de valores, en la que todo vale para lograr beneficios, en la que las personas son infelices en sus trabajos y basan su vida en el tener y no en el ser, regresa, desde el asteroide B 612, El Principito, convertido en un ejecutivo muy especial para revolucionar el mundo de la empresa con su particular visión de la vida.

El Principito se pone la corbata, del escritor y periodista español Borja Vilaseca, recupera la figura del pequeño héroe de Antoine de Saint-Exupéry, que presta parte de su visión de la vida al protagonista de una historia real que el autor cuenta como una "fábula".

El libro, explica Vilaseca, muestra el profundo cambio que pueden experimentar los seres humanos y, por ende, las organizaciones de las que forman parte, cuando toman consciencia de su verdadero potencial, poniéndolo al servicio de una función necesaria, creativa, sostenible y con sentido.

Pablo Príncipe, "alter ego" de El Principito, se convierte en el nuevo "director de personas y valores" de la consultora SAT, nombre ficticio de una empresa real que en 2002 aplicó una serie de cambios para mejorar las condiciones laborales de sus empleados, propiciar su responsabilidad y compromiso hacia la empresa, medidas con las que logró multiplicar un 110% su facturación en cinco años.

¿Por qué se pone la corbata?

La corbata simboliza la economía, el capitalismo y la empresa actual y Pablo Príncipe se pone esta prenda "para ver de qué manera se puede rehumanizar, poner valores, consciencia, inocencia, y sabiduría al mundo del trabajo, la empresa y la economía", explica Vilaseca.

Pablo Príncipe, como El Principito, tiene como amiga una rosa que cuida en su balcón, se entretiene mirando las estrellas y nunca renuncia a una respuesta una vez que ha planteado una pregunta.

El Principito es un símbolo de la inocencia que hemos perdido al formar parte de una sociedad materialista, donde los adultos se sienten siempre víctimas de sus circunstancias, de sus jefes, de sus empresas, enumera Vilaseca, para quién "ésta no es la verdadera naturaleza del ser humano".

Los niños nos demuestran que la felicidad es una actitud que depende de cada uno de nosotros. Pero conquistar esa actitud en la edad adulta requiere sabiduría", que se comienza a adquirir cuando el ser humano "empieza a responsabilizarse y se cuestiona para saber quién es, recuperando algunos rasgos de la infancia de manera consciente".

Una nueva filosofía

Vilaseca está convencido de que "tenemos los políticos, las empresas y el sistema que nos merecemos. Al fin y al cabo es una proyección de cómo somos, de cómo pensamos, de cómo actuamos y de las decisiones que tomamos cada día, la mayoría de nosotros, sobre cómo ganamos el dinero y cómo lo gastamos".

Pero, el escritor considera que es posible un cambio, algo de lo que se dio cuenta al conocer la historia de la consultora que luego trasladaría a la ficción.

A través de su trabajo como periodista, Vilaseca conoció a su director general, un antiguo "tiburón", despiadado con sus empleados e insatisfecho con su vida, "el personaje más contemporáneo" de la historia, que fue capaz de dar un giro de 180 grados a su forma de ver la vida.

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